PROPIEDAD COLECTIVA
ARMANDO JOSÉ SEQUERA
Cuando se habla de tener una propiedad colectiva, la mayoría de las personas piensa en un automóvil, una casa o un negocio compartidos.
Y si, además, piensan en socios, quienes acuden a su mente son los individuos menos idóneos que conocen, aquellos que les caen mal, odian, temen o no les inspiran confianza.
De este modo, la idea de una posesión colectiva es obvio que les parezca repugnante o, más aún, abominable.
Sin embargo, lo que en realidad ocurre es que su pensamiento se ha puesto cercos él mismo, en lugar de abrirse libremente.
Porque la verdad verdadera es que poseemos numerosas cosas en propiedad compartida, no sólo con las personas que amamos, sino también con las que no conocemos, las que nos resultan indiferentes y hasta las que detestamos o nos detestan.
¿A que no había pensado que somos dueños, colectivamente, del aire que respiramos, de la luz solar que alumbra nuestros días, de la tierra sobre la que nos movemos, del agua que cae del cielo y la que consumimos, de la atmósfera, el horizonte, las nubes, el mar, las selvas y los pantanos, entre muchas otras cosas.
Usted dirá que no es dueño del agua que consume, pero permítame decirle que sí lo es. El pago que usted hace por ella a la empresa acuífera no es por el agua en sí, sino por el servicio que le prestan al llevársela a su domicilio.
Ahora bien, la propiedad compartida de todo lo que hemos reseñado y otras muchas cosas a las que no hemos hecho referencia nos permite disfrutarlo, pero también nos exige respeto.
Respeto en forma de cuidado para que tales cosas sigan existiendo y sigan estando a nuestro alcance y al alcance de las generaciones futuras. Piense que lo mismo haría y exigiría con cualquier otra propiedad: un automóvil, una casa o un negocio.