"La historia humana es cada vez más una carrera entre la educación y la catástrofe". H. G. Wells.

17 de enero de 2011



POR PURO INTERÉS

ARMANDO JOSÉ SEQUERA



A comienzos del siglo XX, un agricultor estadounidense cuyo maíz* siempre lograba el primer lugar en la feria agrícola de su estado tenía una costumbre que a los ojos de todos resultaba incomprensible: siempre compartía sus mejores semillas con los demás cultivadores de la región.
Tal costumbre llevó un día a un periodista que lo entrevistó a preguntarle por qué lo hacía y la respuesta del agricultor fue la siguiente:
-En realidad lo hago por puro interés. Ocurre que el viento tiene la virtud de trasladar el polen de unos campos a otros. Por eso, si mis vecinos cultivaran un maíz de inferior calidad, la polinización rebajaría la calidad de mi maíz. Ésta y no otra es la razón por la cual me interesa que sólo siembren el mejor maíz.

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Tomado de
Libro de los valores y antivalores, San Pablo Ediciones, Caracas, 2005.

10 de enero de 2011

PROPIEDAD COLECTIVA

ARMANDO JOSÉ SEQUERA





Cuando se habla de tener una propiedad colectiva, la mayoría de las personas piensa en un automóvil, una casa o un negocio compartidos.
Y si, además, piensan en socios, quienes acuden a su mente son los individuos menos idóneos que conocen, aquellos que les caen mal, odian, temen o no les inspiran confianza.
De este modo, la idea de una posesión colectiva es obvio que les parezca repugnante o, más aún, abominable.
Sin embargo, lo que en realidad ocurre es que su pensamiento se ha puesto cercos él mismo, en lugar de abrirse libremente.
Porque la verdad verdadera es que poseemos numerosas cosas en propiedad compartida, no sólo con las personas que amamos, sino también con las que no conocemos, las que nos resultan indiferentes y hasta las que detestamos o nos detestan.
¿A que no había pensado que somos dueños, colectivamente, del aire que respiramos, de la luz solar que alumbra nuestros días, de la tierra sobre la que nos movemos, del agua que cae del cielo y la que consumimos, de la atmósfera, el horizonte, las nubes, el mar, las selvas y los pantanos, entre muchas otras cosas.
Usted dirá que no es dueño del agua que consume, pero permítame decirle que sí lo es. El pago que usted hace por ella a la empresa acuífera no es por el agua en sí, sino por el servicio que le prestan al llevársela a su domicilio.
Ahora bien, la propiedad compartida de todo lo que hemos reseñado y otras muchas cosas a las que no hemos hecho referencia nos permite disfrutarlo, pero también nos exige respeto.
Respeto en forma de cuidado para que tales cosas sigan existiendo y sigan estando a nuestro alcance y al alcance de las generaciones futuras. Piense que lo mismo haría y exigiría con cualquier otra propiedad: un automóvil, una casa o un negocio.

31 de diciembre de 2010

LOS DEMÁS

ARMANDO JOSÉ SEQUERA



Muchas son las personas en el mundo que actúan o dejan de actuar influidas por ese colectivo anónimo que llamamos los demás.
Principalmente, en los barrios, las urbanizaciones y los pueblos, el peso que tiene la opinión de los demás es enorme, incluso cuando esos demás son personas que no conocemos o con las cuales apenas intercambiamos de vez en cuando un saludo.
Pensar en lo que puedan decir los demás, antes de hacer algo, casi siempre conduce a la parálisis, cuando no a la frustración.
A los demás sí tenemos que tenerlos en cuenta pero para que nuestras acciones no les hagan daño o para que los favorezcan tanto como a nosotros mismos.
Y debemos tomarlos en cuenta porque el mundo que habitamos, el aire que respiramos y miles de cosas más que consideramos nuestras le pertenecen también a los demás, son de toda la humanidad.
También por otra razón que casi siempre pasamos por alto: porque, desde el punto de vista de todos los otros habitantes del planeta, nosotros –yo, tú que lees–, también formamos parte de los demás.
Ellas y ellos, cuando se refieren a los demás, tácitamente nos incluyen, como nosotros los incluimos.
Ello implica dos cosas: una, que todos los seres humanos integramos una sola entidad y que el concepto humanidad es real; dos, que los demás y nosotros somos uno.
Esta conciencia de ser uno con los demás debe servirnos no para temer su juicio, sino para actuar comedidamente, sin causar daño o dejar los bienes comunes en mal estado.
Por ejemplo, al usar un baño público, debemos ocuparnos de dejarlo en perfectas condiciones, para que, tan pronto lo desocupemos, lo utilicen otros, es decir, los demás.
Si visitamos un parque o una reserva natural, no podemos destruir las plantas ni matar ningún animal, porque ese espacio es una especie de Arca de Noé que pretende conservar diversas especies vegetales y animales, en su hábitat natural, para que también las disfruten y conozcan nuestros contemporáneos y, posteriormente, nuestros descendientes y los suyos.
De igual modo, si explotamos un recurso natural o tenemos una empresa, no podemos amputarle el futuro al resto de la humanidad, actuando descontroladamente, a instancias de nuestro egoísmo.
Debemos, por tanto, ser conscientes de la existencia de los demás, no para temerle a lo que digan o piensen, sino para compartir con ellos las cosas que nos sean comunes, incluyendo no sólo los objetos y cosas tangibles, sino también nuestros sueños.
Si sólo pensamos en los demás para coartar nuestras vidas, le estamos concediendo un gran poder sobre nosotros a personas que, como ya señalé, apenas conocemos o conocemos muy poco.
Por otra parte, estamos dejando que sean esos desconocidos y desconocidas quienes decidan lo que debemos hacer y lo que no, con lo cual estamos echando, sin duda, las bases para nuestra infelicidad futura.
Si, en cambio, pensamos en los demás como en nosotros mismos y en las personas que conocemos y queremos, lograremos una verdadera comunión, es decir, lograremos ser uno con quienes nos rodean.