
Muchas son las personas en el mundo que actúan o dejan de actuar influidas por ese colectivo anónimo que llamamos los demás.
Principalmente, en los barrios, las urbanizaciones y los pueblos, el peso que tiene la opinión de los demás es enorme, incluso cuando esos demás son personas que no conocemos o con las cuales apenas intercambiamos de vez en cuando un saludo.
Pensar en lo que puedan decir los demás, antes de hacer algo, casi siempre conduce a la parálisis, cuando no a la frustración.
A los demás sí tenemos que tenerlos en cuenta pero para que nuestras acciones no les hagan daño o para que los favorezcan tanto como a nosotros mismos.
Y debemos tomarlos en cuenta porque el mundo que habitamos, el aire que respiramos y miles de cosas más que consideramos nuestras le pertenecen también a los demás, son de toda la humanidad.
También por otra razón que casi siempre pasamos por alto: porque, desde el punto de vista de todos los otros habitantes del planeta, nosotros –yo, tú que lees–, también formamos parte de los demás.
Ellas y ellos, cuando se refieren a los demás, tácitamente nos incluyen, como nosotros los incluimos.
Ello implica dos cosas: una, que todos los seres humanos integramos una sola entidad y que el concepto humanidad es real; dos, que los demás y nosotros somos uno.
Esta conciencia de ser uno con los demás debe servirnos no para temer su juicio, sino para actuar comedidamente, sin causar daño o dejar los bienes comunes en mal estado.
Por ejemplo, al usar un baño público, debemos ocuparnos de dejarlo en perfectas condiciones, para que, tan pronto lo desocupemos, lo utilicen otros, es decir, los demás.
Si visitamos un parque o una reserva natural, no podemos destruir las plantas ni matar ningún animal, porque ese espacio es una especie de Arca de Noé que pretende conservar diversas especies vegetales y animales, en su hábitat natural, para que también las disfruten y conozcan nuestros contemporáneos y, posteriormente, nuestros descendientes y los suyos.
De igual modo, si explotamos un recurso natural o tenemos una empresa, no podemos amputarle el futuro al resto de la humanidad, actuando descontroladamente, a instancias de nuestro egoísmo.
Debemos, por tanto, ser conscientes de la existencia de los demás, no para temerle a lo que digan o piensen, sino para compartir con ellos las cosas que nos sean comunes, incluyendo no sólo los objetos y cosas tangibles, sino también nuestros sueños.
Si sólo pensamos en los demás para coartar nuestras vidas, le estamos concediendo un gran poder sobre nosotros a personas que, como ya señalé, apenas conocemos o conocemos muy poco.
Por otra parte, estamos dejando que sean esos desconocidos y desconocidas quienes decidan lo que debemos hacer y lo que no, con lo cual estamos echando, sin duda, las bases para nuestra infelicidad futura.
Si, en cambio, pensamos en los demás como en nosotros mismos y en las personas que conocemos y queremos, lograremos una verdadera comunión, es decir, lograremos ser uno con quienes nos rodean.
Totalmente cierto. Creo que la humanidad lleva impregnada en sus venas la marca del egoísmo.
ResponderEliminar¿Qué significa específicamente propiedad colectiva? ¿Acaso que los seguidores y/o lectores del blog pueden reproducir, con el respectivo permiso de su autor, algún material? o ¿Tal vez que alguien pueda publicar algo en este espacio?
ResponderEliminarHola, Ligia. Los textos que han aparecido y aparecerán en este blog los he escrito para que sean difundidos por todo aquel que quiera o necesite hacerlo. Pido, eso sí, que se solicite autorización, se cite al autor y al blog, por respeto a mi trabajo y porque ya tuve la experiencia de no pedir esto y encontrar en la red que uno de los textos los firmaba otra persona. Y una cosa es la propiedad colectiva y otra el abuso y el afán plagiario. Sobre publicar en este blog, si el texto se adapta al propósito de transmitir una idea para mejorar nosotros y mejorar el mundo, en forma clara y concisa, bienvenido sea. Armando José Sequera.
ResponderEliminar